Casi siempre que salgo del cine o apago el ordenador después de ver algún film pienso: “Esta bien, pero yo lo haría distinto”. Y, excepto ocasiones excepcionales, siempre pienso lo mismo. E incluso imagino como lo haría. No tengo ni la más remota idea de si lo haría bien, no estoy diciendo que sea un genio. Solo digo que me inspira ideas. Me motiva imaginarlo a mi modo. No se queda en un mero entretenimiento. Voy absorbiendo diálogos, imágenes, escenas, situaciones… Durante años. La mayoría de veces no me detengo ni un momento en pensar el significado más allá de lo que veo en pantalla. Intento acercarlo a la realidad (mí realidad) lo más posible. Algo así como dejarse llevar. Con esto, no intento quitarle mérito al director, ni al guionista, ni a nadie relacionado con la producción cuando digo (o insinuó) que no existe mensaje, o que el mensaje no es nítido. Pero no quiero ser tan osado como para intentar meterme en la mente de los creadores y descifrar su significado, lo que ellos querían decir. Me conformo con lo que significa para mí.
Con todo, creo que el mensaje es relativo, complejo, difuso y sobretodo personal/subjetivo. Y por lógica (aunque la lógica es un valor en declive en este mundo) nadie debería ver o “leer” el mismo mensaje. Podemos acercar mucho algunas opiniones, pero siempre con matices, menores o mayores. Insignificantes quizá, pero matices al fin y al cabo. Estamos de acuerdo pues, en que el mensaje de una película está abierto a la interpretación propia. Pero, en todo relato este queda sepultado bajo una nube de secuencias, diálogos y acciones que absorben al espectador, a cada uno a su manera. Es decir, nadie sabe exactamente qué quiere decir el autor excepto el propio autor. A veces podemos acercarnos más a su pensamiento, a veces menos, pero nunca al 100%.
Aunque quizá, y ahora estoy divagando, para eso se creó la sentencia. Para acercarnos el mensaje. Una explicación en formato reducido del mensaje o las emociones que quieren transmitirnos los autores. Pero claro, ¿Qué es una sentencia? O mejor dicho, ¿Qué entendemos por “sentencia”?. Bajo mi modesta opinión, esta puede adoptar muchas formas. Recuerdo unas cuantas películas en las que un solo gesto del protagonista, una sola escena (con o sin dialogo), una sola mirada, una sola palabra, quizá la música… me sirven como mensaje, como sentencia y como inspiración. No las olvido, las hago mías. Es decir, muchas veces la sentencia en una película es perfectamente identificable. Pero yo, en mi infinito y utópico afán de superación, quiero dar un paso más en el universo de las sentencias y sugerir que sentencia y mensaje sean equiparables. Que cada uno haga suyo el mensaje que crea y así mismo la sentencia que considere.
Si hay algo que siempre he criticado del cine es su (a menudo) incapacidad para contar historias creíbles, verosímiles. Está bien, ahora podríamos entrar a discutir la típica y tópica sentencia de “la realidad supera la ficción” y probablemente saldría perdiendo, dado que es cierto. Pero aunque algunas cosas que pasan en la vida real y que leemos en los periódicos o vemos en la televisión sean verdaderamente sorprendentes y difíciles de creer, opino que una película debe acercarse a la realidad más mundana, aunque esta sea, como digo, completamente sorprendente e inesperada en ocasiones. Pero entiendo que una historia debe, de entrada, resultarnos cercana. Debemos empatizar y pensar: “vaya, eso me podría pasar a mí”. O simplemente quedarse con la sensación de que bien puede ser una historia verdadera. En este sentido quedan excluidos los géneros de acción, ciencia ficción, superhéroes, fantasía, western, histórico, y un largo etcétera. Entonces, ¿Qué nos queda? Si el cine nos debe parecer cercano pero al mismo tiempo excluimos más de la mitad de los géneros que inundan las salas día tras día, ¿Qué nos queda? Está claro que he caído en una contradicción. O tal vez no, porque el cine es como el código pin de nuestras tarjetas de crédito; personal e intransferible. Aunque veamos la historia más extraña e inverosímil del mundo debemos someterla al filtro de nuestros deseos e imaginación para recogerla, al otro lado de la maquinaria mental, convertida en real. Real para nosotros, inspiradora y motivadora. Saquemos nuestra propia sentencia, leamos nuestro propio mensaje y disfrutemos con ello.
Hace ya unos años que sueño con dedicarme al cine. Pero aún más importante que eso; sueño con estar en algún lugar, donde sea, con gente, quien sea, y que un desconocido (o no, aunque preferiblemente un desconocido), en un momento de la conversación, suelte una frase, una sentencia, y que esta sea de una película que yo he escrito. O he dirigido. O ambas. Porque estoy hecho de experiencias vitales, de situaciones vividas reales, pero sobretodo, estoy hecho de cine.